Como últimamente viene siendo regla general, aquí tenéis otra reflexión inútil y sin importancia sobre el 2011.
Mi 2011. Bueno y malo a la vez, acaba siendo más malo que bueno.
Mi 2011 no empezó mal. Un primer trimestre normal del que, para ser sincera, no recuerdo casi nada. Aprobé mi primer semestre universitario e hice mi primer viaje en tren, sola y a un sitio donde no había estado nunca. También tuve algo de vida social. También di por perdidas varias amistades.
Sí, creo que así podríamos resumir mis seis primeros meses de este año. Los buenos, vaya.
Otra experiencia importante es mi viaje a Inglaterra, pues era mi primer viaje completamente sola
(a Barcelona fui con una compañera y blogueros), mi primer avión y mi primer ensayo de una vida independiente. Fueron tres semanas importantes para mí porque me demostré a mí misma que valgo para algo aunque mamá no este cerca y, además, acabé de perderle el miedo a inglés. En este 2011 yo superé el miedo a hablar en otros idiomas, descubrí que soy capaz de redactar medianamente bien en inglés e incluso una británica me dio un abrazo. Una
británica. Un
abrazo. ¿Entendéis la ironía? Otra cosa que averigüé es que no estallo en llamas cuando pongo el pie en iglesias evangélicas, ya que estuve veinte días viviendo en el altillo de una. Preciosa, la verdad, y con unas vistas alucinantes. Y con un grupo de rock cristiano alucinante también que nos despertaba a todos cada domingo alucinantemente. No obstante, merecía la pena ver cada domingo a los feligreses vestidos de etiqueta pero, eso sí, en calcetines y chanclas.
Podría pasarme las últimas 23 horas del año contando anécdotas de Bristol, y eso que la mayoría son buenas, pero será en otra ocasión.
La cosa empezó a torcerse de verdad cuando volví a España. ¿Quién me iba a decir a mí que, sólo una semana después de volver, apenas cinco días después de que la psicóloga me diese el alta, iba a ver morir a mi abuela? Y no sólo eso, sino que murió, literalmente, en mi brazos. Y estábamos solas. Y mis padres estaban de vacaciones en Murcia. Y mi hermano en Alicante. Y mi tío y mi primo en la puñetera Sudáfrica. ¿Qué hice yo entonces? Madurar. Madurar a lo bestia, no como otras personas de mi edad. No como otras personas que no tienen que llamar a su madre por teléfono para decir que la abuela ha muerto, ni bajar a la farmacia a comprar un certificado de defunción, ni comunicarle la noticia a la vecina, que casi le da un patatús también, ni elegir el puto ataúd de la que fue su segunda madre, ni tener que contarle a su abuelo exactamente cómo falleció su mujer, con la que llevaba sesenta años casado, ni atender a los familiares en el tanatorio mientras llegan sus padres de un viaje de seis horas, ni aguantar curas bordes con complejo de funcionarios.
Por supuesto, esto son cosas de la vida. Las personas mueren y mejor si lo hacen con alguien a quien quieren a su lado. Hay que seguir adelante y eso es lo que he hecho. Cuido de mi abuelo todas las mañanas, como cualquier nieta.
Pero cuando mi año acabó de torcerse por fin fue cuando me di cuenta de que, fuera del nido familiar, estoy completamente
sola, por mucho que mi loquera se empeñe en afirmar lo contrario. Nadie, absolutamente
NADIE, tuvo el detalle de sacarme de casa los días posteriores al entierro de mi abuela.
NADIE. Todo el mundo tenía mejores cosas que hacer, otras personas con las que quedar. Qué más da, ¿no? Yaiza es fuerte. Yaiza lo supera todo. Lo que ocurre es que Yaiza también tiene sentimientos y, aunque no os lo creáis, un corazón. Y Yaiza se pasó un mes saliendo sola porque no podía soportar estar en casa y nadie tenía un minuto para ella. La verdad, me sentía un poco egoísta pensando que la gente debería hacerme un poco de caso pero, ¿qué cojones? Si un amigo mío hubiera perdido a una persona querida de esta manera, yo habría estado ahí para él aunque tuviera una cita con la Reina de Inglaterra.
Va en mi naturaleza cuidar de los demás. Soy incapaz de venirme abajo cuando veo que las personas de mi alrededor lo están pasando mal. No puedo evitar hacer de madre pero tampoco me viene muy mal de vez en cuando que alguien cuide de mí. Por suerte, tengo una madre en el sentido literal de la palabra. Y, por muy estúpido que suene, una perra que me ha dado más cariño que todos mis "amigos" juntos.
El último trimestre ha pasado sin pena ni gloria. Empecé el segundo año de carrera, el profesor de traducción general está haciendo que me replantee mi futuro laboral gracias a sus suspensos por una palabra de mierda, y en estos momentos me hallo en proceso de meterme todo el temario que pueda en la cabeza sin volverme oligofrénica en el intento ni sufrir un ataque de ansiedad como el de hace dos semanas, que me dejó tiesa y todo un fin de semana sin poder mover ni un dedo del pie. Y sin vida social. Sigo saliendo sola. Y me han dado más drogas para la ansiedad.
¿Propósitos de año nuevo? Yo no gasto de eso.
Aunque estoy bastante en contra de este tipo de entradas lacrimógenas e inútiles, miren ustedes por dónde, hoy me apetecía despedir el año soltando algunas cosillas que me reconcomían por dentro. Todo lo pasado, pasado está y no vamos a revolver la mierda, que está bien así el tiempo en pretérito le queda muy bien.
Y con esto sólo quería decir que
SHIT HAPPENS :D
Y os propongo, si sois de propósitos de año nuevo y esas tarugueces, que intentéis este 2012
(por lo visto, el último año según los científicos, porque para mí que los mayas se aburrieron de hacer calendarios y punto) ser un poco mejores como personas y pensar un poco más en los demás. Y ser felices, ir al gimnasio y ponerse a dieta, todo lo que queráis. Pero creo que si fuéramos un poco más agradables los unos con los otros y nos lo demostrásemos más a menudo... seríamos un poco más felices.
¿Qué os pensábais?, ¿que yo no me ponía emo de vez en cuando?
PD: El blog cumple un año el día 1. Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, tra la la ra la la ra, cumpleaños felíz. Fúuuu *soplido de velas*